Una de las prácticas más comunes para despedir a nuestros seres queridos fallecidos es la cremación. Esta palabra proviene del latín “crematio”, que significa quemar o incinerar. Esta práctica es, junto al entierro, la alternativa más popular para honrar el cuerpo de una persona fallecida. La disposición final de un cadáver tiene costos y a menudo los familiares prefieren cremar a enterrar por ser su costo más económico.

Este en realidad es un procedimiento que ya tiene varios cientos de años de antigüedad. De acuerdo a algunos estudios antropológicos, las primeras civilizaciones incineraban a sus seres queridos al final del periodo neolítico. También se han encontrado algunos restos de este ritual en zonas habitadas por los primeros cananeros, 3000 años antes de Cristo.  

Alrededor del año 1900 antes de cristo, la religión hinduista prescribía la cremación de los cadáveres. Años después, ésta práctica era muy común en Grecia y en Roma. El cristianismo siempre reprobó la cremación, por algunos principios del judaísmo, y tratando de evitar o alejarse de los rituales grecorromanos. No obstante, la cremación en vida fue usada como parte del castigo a los herejes.

La práctica moderna de cremación comenzó en 1873, cuando el profesor paduano Brunetti inventó una cámara especial para ese fin, y la presentó en una exposición en Viena.

Como ya fue mencionado, la Iglesia Católica no estuvo de acuerdo con la cremación desde el principio, hasta que hizo algunas adaptaciones en su doctrina y el papa Paulo VI levantó la prohibición en 1963. Poco después, se permitió a los sacerdotes oficiar ceremonias para este fin.